La Luz Que Crea
Estaba ordenando papelería vieja, sin buscar nada en particular, cuando apareció un folleto de dos caras: la agenda de junio de 2010 del Centro Cultural Lavardén. De un lado, teatro, música, Gabriel Rolón hablando de "Historias de Diván". Del otro, entre Los Bitle y un concierto de percusión, un recuadro chico: Taller de Iluminación Escénica — La luz que crea. Miércoles de 19 a 20.30, de junio a diciembre, dirigido a todo público, sesenta pesos por mes. Coordina: Fernando Burgo.
Lo había olvidado. No el taller —eso no se olvida— sino ese papel específico, esa prueba física de que existió con esa fecha y esas condiciones.
El taller no salió de una necesidad de la sala, salió de una inquietud mía. En esa época yo era el único iluminador ahí —jefe técnico, pero también el que operaba las luces— y esas muestras anuales de talleres se hacían larguísimas: tres, cuatro días, jornadas de tres horas o más, todo a cargo mío. Charlando un día con Analía Troiano, la directora del lugar, le propuse la idea: que los alumnos técnicos iluminaran a los alumnos artísticos. Resolvía algo operativo —dejaba de ser yo solo contra cuatro días de muestra— y al mismo tiempo era una forma de transmitir algo. De esa charla salió "La luz que crea". El nombre lo tomé de una canción de Vox Dei: una luz que da forma a las cosas a su gusto, caprichosa. Me pareció una buena manera de decir, sin explicarlo del todo, lo que para mí es la luz en un escenario.
Encontrar el folleto me llevó a buscar algo más: las fichas con las que daba esas clases. Estaban, y las leí como quien lee una carta propia escrita por otro. Un apunte por artefacto: uno para el PC, uno para el PAR 64, uno para el elipsoidal, explicando desde ahí qué es un lente plano convexo, qué es un Fresnel, cómo funciona el sistema de lentes de un elipsoidal, cómo hace converger los rayos de luz. Apuntes sobre refracción y reflexión, sobre superficies especulares y difusas, sobre cómo cada ángulo de incidencia cambia la sombra que un cuerpo proyecta sobre el espacio que lo rodea. Había un apunte aparte para direcciones de luz, con el sistema de McCandless como referencia: dos fuentes a noventa grados entre sí en el plano horizontal, cada una a cuarenta y cinco grados de altura, incidiendo sobre el objeto con colores complementarios pero muy desaturados, casi blancos. La suma da un blanco, pero un blanco con la sombra de cada fuente todavía asomando por debajo — lo que McCandless llamaba, según la traducción, un blanco más vibrante. Y ya aparecía la mezcla aditiva de color, pero no con artefactos RGB —esos recién estaban apareciendo, mientras desaparecían las "tortas" que se montaban en el lugar de la lámpara del PAR 64, direccionadas por dip switch—, sino con filtros: tres fuentes de luz, filtros rojo, verde y azul, dirigidos a un mismo punto, y las sombras que ese cruce generaba sobre el cuerpo iluminado, sombras en cian, magenta y amarillo. Algo muy lindo de ver y muy interesante de poner en práctica.
Leído hoy, ese apunte técnico envejeció como envejece la tecnología: las consolas de entonces ya no son las de ahora, y hay diferencias enormes de un lado a otro. Pero el criterio con el que se armaba cada clase —partir del artefacto físico para explicar el fenómeno de luz que produce— es el mismo con el que pienso hoy. Lo que no está en ningún apunte es lo otro: el diseño, el criterio de diseño, que nunca se escribió porque no se enseña en una ficha, se enseña hablando, discutiendo, en el momento.
De ese taller quedó gente. Algunos dieron ahí sus primeros pasos y hoy siguen en el oficio. Otros llegaron con bastante experiencia encima y fingieron ser principiantes, por curiosidad —algo que yo mismo hago cuando voy a un lugar nuevo, porque siempre se aprende algo, aunque parezca básico, aunque parezca redundante. De ese ida y vuelta, de esa charla entre gente que sabe distinto, salió más de lo que salía de cualquier ficha.
El papel se guarda. La charla, no.
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